He acuñado un nuevo término: desarraigo internacional

emigración desarraigo

Supongo que mi sentimiento de no pertenecer a un sitio comenzó en mi propio país, Venezuela.

Por un lado, por ser de familia italiana, nunca me sentí 100% venezolana, ni tampoco los demás me percibían como una par. Desde que hablo con un acento raro hasta que no bailo bien salsa, al parecer, muchas son las “evidencias” que delataban mi ascendencia extranjera.

Lo peor de todo esto, fue haber crecido pensando que si me sentía así en Venezuela, quizás todo se recompondría mágicamente con Italia. Mmmm, error. Resulta que si bien mi italiano es mi segundo idioma, lo hablo con acento latino. Y además, nunca he vivido en el país de la pizza, por lo que nisiquiera se entiende de qué parte de Italia soy. Esto, al parecer, causa gran desconcierto entre mis compatriotas herederos del gran Dante.

Pero además de esta mezcla, resulta que mi país de origen, Venezuela, no Italia, lamentablemente, viene sufriendo una degeneración social desde hace ya décadas. Y resulta imposible identificarse con ciertos anti valores que actualmente pululan por doquier.

¡Ojo! Que haya mucha gente que se comporte así, no significa que TODOS los venezolanos sean así a mi modo de ver. Lo que no se puede negar, es que el país va de mal en peor. No por nada, hasta el año pasado casi 5 millones de personas tomaron la misma decisión que Antonio y yo: probar suerte fuera.

Este, claramente no es mi trasero

Borrón y cuenta nueva: la madre patria

La imperante inseguridad, la espantosa crisis económica y un gobierno con ínfulas dictatoriales fueron los principales motivos por los que en 2014 decidimos dejar nuestro querido, pero en ruinas, país.

¿A dónde ir? Desde Inglaterra, hasta la parte francesa de Canadá (estudiamos francés un año, oui mon ami), pasando por supuesto por América Latina primero, Antonio y yo nos llegamos a imaginar en cada sitio.

Y el ganador fue España, una opción lógica, pues es nada más ni nada menos que la madre patria. Cierto, ¿pero de quién? Si nos queremos poner rigurosos, a diferencia de la casi totalidad de venezolanos, yo no desciendo de españoles. Si retrocedo mucho, muuucho en mis apellidos, me cuentan que por ahí hay un López, pero una vez más termino defraudando el sentimiento nacional de un país, porque con un apellido solo tampoco me van a considerar española.

A Madrid llegamos con la mente abierta, sabiendo que nos íbamos a encontrar con una idiosincrasia diferente. Y si bien esa era la idea, estábamos conscientes de que íba a haber cosas que no nos gustarían.

Y en efecto así fue. Pero hasta aquí, todo normal, pues creo que con mi personalidad, le vería las costuras al mismísimo Paraíso. “A ver Dios: ¿y qué se hace de divertido por aquí?”.

Superada una primera y agotadora etapa en la que todo, absolutamente todo, lo comparas con tu país de origen, para bien y para mal, viene la fase en la que estoy ahora. Seis años después hay patrones que veo que se repiten en el comportamiento de la gente y, ¿adivina? Nuevamente siento que no pertenezco.

Entonces me digo que es normal que me sienta así, que no es mi país… Que más dramático es sentirme de esa manera en mi propio país, cosa que igual experimenté (¿qué clase de consuelos me doy a mí misma?).

Aunque luego aparece el peor de todos los pensamientos -creo que a estas alturas, tengo un claro patrón de pensamientos negativos que ya no puedo disimular-, y es el siguiente: ¿y si mi problema no es con Venezuela, Italia o España, sino con la Humanidad (así, en mayúsculas)?

Como hasta yo me doy cuenta de que semejante pensamiento es difícil de digerir, decido bloquearlo, abrir Twitter y ponerme a ver videos de perritos y bebés, y concluyo con toda falsedad, que lo que yo soy es una ciudadana del mundo (me río mientras lo escribo).

¿Qué significa una nacionalidad de todas maneras?

Aquí es cuando me pongo filosófica. Como mi desarraigo de niveles ya internacionales me persigue a dónde vaya, empiezo a analizar qué significa para mí la pertenencia a un país.

¿Exceso de nacionalismo o escasez de pareos?

Si es el afecto que se tiene por sus sitios y su gente -aquí prefiero ponerle cara a la gente y no hablar de personas en general, que eso es demasiada abstracción-, entonces no tengo problemas con esta parte.

Pero si llegamos al discurso preformulado de la bandera, el himno, el animal nacional, la comida típica y las mujeres hermosas… allí me pierdo tanto como cuándo se me pide que me identifique con una religión.

¿Qué es ser venezolano? ¿Gracioso, “pilas” y amigable? ¿E italiano? ¿Sibarita y parlanchín? Y ¿español? Yo qué sé… Pues vuelve a aparecer ese sentimiento de exclusión, de que quizás mi origen está en otra dimensión. Ahora bien, sé que somos muchos los que podemos sentirnos así, tanto como si nunca hemos salido de nuestro país, como si nos ha tocado hacerlo. Así que cierro con una de mis teorías de conspiración favoritas: lo más probable que seamos todos reptilianos.